Bulimia Política

17.02.2019

Desgraciadamente he de declararme, una vez más, bulímica. Bulímica política. Quisiera, de verdad, poder deleitarme del sabor de una placentera, satisfactoria, pero inexistente dirección política estatal; ya sea de vanguardia o tradicional. Pero gourmet. De cualquier tipo, menos de esta. Me resulta tremendamente abrumadora la faceta glotona de este país nuestro. Tragamos y engullimos copiosas raciones de mentiras y terminamos eructando con pasotismo, indiferencia. Como si nada pasara. Y lo peor de todo es que nuestra voracidad por la enmohecida sustancia alimenticia persevera de manera intacta en aquel bodegón que un día pareció desempolvarse para convertirse en un buen salón de festejo democrático. Qué lástima; me produce una sensación nauseabunda. De ahí mi vómito.

Tratamos de ser modernos. Importamos formatos televisivamente pluralistas, al más puro estilo estadounidense o europeísta, con esa antropológicamente anhelada pátina de espectacularidad y excelsitud. Eso sí que nos pone. Pero lo que realmente se consigue con todo esto es poner todavía más en ridículo nuestra posición. Se revela a gritos la defenestración del modelo de gobernanza y liderazgo de nuestras filas, de aquellos que se hacen llamar a sí mismos políticos. Demasiada egolatría, hostilidad y prepotencia habita en estos seres. Exorbitante empacho de poder. Qué importará, con tal de sentarse en el sillón de palacio, mientras desprenden una fétida sonrisa, tratando de embriagar a todos con patéticas muestras de supuesto buen hacer y eclecticismo. No hablo ya de los huecos por tarjeta roja que quedan por cubrir en el banquillo. El del terreno del juego político y el de madera, con su mazo justiciero revestido de nepotismo. De inmunidad. Más no son superhéroes, o no deberían serlo.

Se empezó a apreciar hace algún tiempo el mal augurio social, la turbulencia ciudadana, y pensaron en una estratégicamente elaborada maniobra de comunicación, cuya mayor acción persuasiva fuera una mutación estética. Bien de cirugía para ese "lavado de caras". La estival muda serpentina y una buena dosis de fashionabilidad recolectada, de lo más Kennedyana, y edulcorada con un puñado de eufemismos efectistas. Los niños guapos del cole frente al país... ¿con verdadero espíritu de progresismo? No es que sea un movimiento poco acertado en el tablero; no obstante, ¿es factible y creíble el cambio tan solo con eso? Pobres españolitos. Necesitamos una potente y generosa inyección de realidad, una transfusión del mejor ácido hialurónico de humanidad y compromiso. Y ya, de paso, un par de hostias para despertar del tintineante cuento de hadas que nos han contado a todos.

Nueva política, dicen. La del cambio. Pero cimentada sobre la más eficaz y añeja artimaña propagandística: la mentira, la manipulación y la abusiva persuasión. Por supuesto, todo vale cuando se trata de carreras políticas y más aún en campaña electoral. Tergiversación de narrativas, malversación de datos. Travesuras digitales para desacreditar a los unos y a los otros. Qué más da. Si aquí no impera el fair play. Tan solo llegar arriba y descuartizar al resto de adversarios. Cuán ansias de poder y tan pocas de poder hacer lo correcto, lo política y socialmente apto. Cuánta ineptitud. Me es indiferente el color de la camiseta; volvemos a la calidad del juego. Nefasta. Nauseabunda. Y hablando de juego... Bien se lo pasan nuestros futuros mesías presidenciales en su estoico rin, desde el que ofician munición de indecencia. Pero, ya saben: Es la Ley del más fuerte, aunque de lo más barriobajera. Aplastante ardid para dar el último salto al trono de la selva. Welcome to the Jungle, amigos.

Y lo mejor de todo: en riguroso directo. Más bien parece una cámara oculta dentro de un antro de coleguitas despechados, rebosantes de violencia léxica. Una vez más, arrolla el slogan político por excelencia: El "y tú más", la vagancia empírica, la escasa capacidad de argumentar, contra-argumentar o rematar discursos frente a acusaciones. Un auténtico docudrama mediático. Aunque, bajo esas mismas leyes selváticas, siempre se declarará un claro ganador. Lo de moral o no, ya es cosa de juicios subjetivos. ¡Ah!, pero, aquí no hay cabida para códigos deontológicos. Solo vencedores y vencidos. Qué histórico, oigan.

No sé ustedes, pero yo me he empachado hasta el retortijón de semejantes solapamientos alocutivos. De tanta ignominia. De tanto malhablado descerebrado. No cuento los cuchillos y katanas que planean el auditorio político, con permanente retransmisión en streaming que los repite -en bucle-, para que penetre más y mejor la farsa. Que sí, que el debate político va de eso, de meter "zascas", de ultrajar logros ajenos y engrandecer -o inventarse- los propios. Aunque, ¿no deberían marcarse unos límites? Echo en falta una pizca considerable de conocimiento y elegancia. Al final, todo se circunscribe a un extremo acorralamiento del terreno oratorio del otro. Cueste lo que cueste, haciéndose así lentamente con la virtud sufragista del maltrecho electorado. Y todo ello, basándose en descabelladas mentiras justificadas por turbias estadísticas. Demasiada elusión de obligaciones. Mucho ruido y pocas nueces, señores candidatos.

Dejen de verter acusaciones sobre lo hecho o no hecho en el pasado y empiecen a forjar una propuesta digna, clara y concisa del futuro que nos merecemos (aunque cierto es que cada vez cuestiono más enérgicamente tal merecimiento, porque este país se está ganando el galardón a mejor intérprete de la más descollante versión de la estupidez humana). Sigo sin comprender la absurdez de la rivalidad política mundial. En serio. Es absurda, hipócrita. Dejen ya los amiguismos. Dejen ya de comandar interesadamente. Dejen ya a un lado ese histriónico complejo de heroicidad. Dejen ya de proteger y respaldar lo imposible y hagan posible la coherencia común. Dejen ya las cazas de brujas. Dejen ya de manipular a la opinión pública con patrañas sobre lo que fuimos o seremos. Dejen ya de escabullir responsabilidades. Dejen ya las cortinas de humo.

Y céntrense, por favor. En todas las acepciones del concepto. Basta de tanta gama cromática falseada. De azulitos, rojitos, naranjitos, moraditos o verdecitos. Da lo mismo la manera en que traten de tapizar su condición. Si son pura clonación. Dicen que trabajan no por el sobre remunerado puesto político, sino por el bien común. Pues traten de hacerse de una vez con una conciencia curva. Una que vele por todos.

Huelga decir que jamás de los jamases lograrán un reconocimiento positivo generalizado. No se harán con un aplauso unísono. Así son las coordenadas en la Era del Espectáculo. Siempre habrá detractores. Siempre habrá acérrimos. Pero, por favor, dejen las discusiones y novatadas de adolescentes en su más álgida efervescencia y encuentren soluciones conjuntas, dignas de un real Estado del Bienestar. Dejen de ver la punta del iceberg y detonen desde todos los ángulos los mastodónticos problemas que su ineptitud e insolencia están causando. Sean decentes, por favor.

Déjense de chistes, bromas, demagogias, populismos y forúnculos. Permítanme, pero su hipocresía resulta alarmante. ¿No aman su país? Evítenos salir todavía más damnificados por culpa de sus chapuzas.

Persisten manifestando cifras y datos que la mayoría de la población no alcanza entender. Pero esa es su baza. Cuanto más ignorantes seamos, más fácilmente maleables. Se llenan la boca con enorgullecimiento acerca de sus logros, cuando lo único que es verídico es que estamos a años luz de lo que un día pretendieron crear como país. O, simplemente, como estado -o no estado-, porque somos un desacoplado puzzle ideológico que no deja de encajar golpes, languideciendo más nuestro atributo como pueblo.

Nos estamos dejando cuidar por personas que ni siquiera son capaces de salir de su área de control, de su zona de confort. Es la inseguridad de la seguridad. Pero bien que luego se meten en jardines belicistas, abanderando ideales maniobrados, dejando que después seamos nosotros quienes nos molamos a palos. O a tiros, porque, a muchos, ganas no les faltarán, seguro, con tanta alterofobia y semejante aleccionamiento contra "el otro". Contra el enemigo. Sea quien sea. Para un buen análisis de balística están ustedes, que nos han agujereado, convirtiéndonos en un maldito colador.

¿De verdad quieren que España "forme parte del mundo"? ¿Quieren que seamos productivos, liderando el frente de la vanguardia? No se engañen. Si somos las migajas del arrastre de las malas gestiones que quedarán patentes en sus currículos. Reales, o ficticios, ya que tanto resuena últimamente su faceta creativa. Y hablando de generar. ¿Qué pasa con la generación perdida? Nuestros jóvenes. Nosotros. Mi generación. Se la están ustedes cargado. Ya veremos las pirámides poblacionales dentro de unos años. Un auténtico abismo. Ustedes, especialistas en dirección de empresas, economía, finanzas, sociología, demografía y todos los "ías" que deseen: ¿Es que no lo ven?, ¿O resulta todo tan sumamente irrelevante?

En fin. Qué más dará, si ustedes posicionan bien a los suyos, haciendo inmersión nivel experto en su laberíntico mundillo de corruptela, mientras al resto nos echan a patadas de nuestro propio país, alegando bajo un pésimo eufemismo la "internacionalización de talentos", cuando en realidad se trata de una desesperada fuga de cerebros. Y todo, después de tanto esfuerzo, ilusión e inversión en una formación que luego recriminan como "sobre cualificación", no ajustable a las necesidades del mercado laboral más próximo. El de casa. ¿No se dan cuenta? Es contraproducente para el país. Sí lo saben en el fondo, pero les importa un bledo.

Tienen ustedes un magnífico arsenal de jóvenes profesionales cuyo mayor anhelo es convertirse algún día en eficaces y eficientes activos para nuestros sectores. Y nos echan. Deberían ustedes saber que el capital humano es factor nuclear en una sociedad productivo, pero continúan colgándose placas y medallas en las que puede leerse "profeta de la responsabilidad social". Insisto: hipocresía. Nos piden experiencia, sin siquiera darnos la oportunidad de optar a esa experiencia. Ustedes, economistas, saben que absolutamente todo -se desencadenen o no los temidos cisnes negros-, se basa en ciclos. Pero todo ciclo necesita asimismo de una turbina de impulso. Sin embargo, en lugar de echar mano de la maravillosa cantera que tienen, dejan que nuestras cualidades y habilidades sulfuren y oxiden hasta desvanecerse. Mientras, sigan ustedes aumentando los índices de importación y continúen reservando partidas risibles a la innovación. Menos mal que lo primero es España.

Está muy claro que en este cainístico "cara a cara" político seguirán las hostias. A raudales, además. Veremos las cicatrices tras las elecciones. Pero espero que no sean ustedes capaces de mantener la herramienta de tortura que está lisiándonos a todos. Suficientes magulladuras llevamos. Suficientemente largo está siendo este lapso histórico que bien podría titularse la "Era de la Vergüenza y el Perjuicio". Me voy al WC, que me entran las arcadas....  

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